
Columna de Alejandro Emmer
Cada vez que asisto a eventos como bautizos, matrimonios, etc. No me deja de extrañar el comprobar cómo aún imperan en nuestro país estas costumbres si a diario muchos mostramos otras. Es decir, que mientras los duros y exigentes tiempos actuales obligaron a la mayoría de las apremiadas almas nacionales a convertirse del catolicismo al narcisismo (*), igual están ahí esos curas y esas iglesias en primer lugar emocional para bautizar al crío y antes, para casarlos.
Parece que existe una suerte de consenso tácito nacional que dictamina que en determinadas actividades oficiales no se pueden saltar a sus pares espirituales (*). Las razones son varias y van desde la legítima y respetable fe y práctica de muchos (como la de los padres de la guagua), pasando por una suerte de cartuchismo de última hora, hasta las sensatas razones que una poderosísima Iglesia criolla genera en algunos seres que quieren gozar legítimamente de ciertas regalías socio-económicas que están en manos de ella y sus igualmente poderosos fieles. Y es así porque cierta rama de la Iglesia criolla hunde sus raíces en ciertos grupos que son los que concentran el mayor poder en Chile, y cuando no se comulga con esos dos estamentos, muchas cosas se vuelven cuesta arriba para esos seres y sus legítimas aspiraciones.
Otra situación que me llamó la atención del evento del que me siento orgulloso testigo, fue el cura. Era un tipo cincuentón, de sonrisa rápida y juicio fácil. O sea que con la misma sencillez con que se reía, sentenciaba al infierno a todos aquellos que no fuéramos consagrados en el santo bautizo y posterior confirmación como “hijos adoptivos de Dios, porque el único real vendría a ser Jesucristo”, claro. O sea que el resto somos huachos espirituales, hijos de la mácula a nuestra madres y es necesario por eso ser salvos. Ahora sé porque me bautizaron, pero no si fui salvo. Bueno, él siguió luego predicando con su mirada puesta en el algún punto distante, como buscando inspiración divina o quizás evadirse de la vista de quienes lo observábamos entre apestados y aburridos por sus diatribas y sentencias medievales. Pero luego me di cuenta que el tipo no evadía: de verdad estaba en un estado de trance, lo que me preocupó más. Y es que mientras el cura se sentía orgulloso de imaginar a Dios a imagen y semejanza suya, yo sentía mucha angustia de sólo pensar la remota posibilidad que así fuera.
Bueno el asunto es que yo era el encargado de las fotos, así es que aproveché de retratarlo varias veces mientras ponía los ojos blancos mirando al punto crístico de inspiración en el que se espejaba, al tiempo que con su lengua condenaba a las llamas del infierno a los que no siguieran los caminos del señor. Reconozco que mi intención fantasiosa era que el cura apareciera en las fotos, por efecto de algunas tomas a contraluz, de la manera más satánica posible, o, en una de esas, que la misma foto develara su aura malévola, así como por divino azar. Pero fracasé. No conseguí revelar el misterio sobre el misterio eternamente apunto de ser revelado. Tuve que conformarme con el llanto de la guagua cada vez que el cura se le acercó. Ya saben, las guaguas son la voz de Dios….
En fin, lo mejor es que siempre existe una oportunidad de reivindicación con los valores más libertarios, así es que una vez terminado el remojo de cráneo en la marmita espiritual, nos fuimos todos al respectivo cotelé post bautizo a la casa de los padres de la guagua, que estaban felices y yo por ellos. Todo iba bien hasta que el cura, luego de una rápida repasada visual a las parejas que estábamos ahí, decidió hacer un censo espiritual y preguntó a cada una de nosotros cuántos años llevábamos casados y, era que no, cuántos críos había de cada unión.
En este punto debo ser sincero y reconocer que como que me entró algo de sustito. Me dio miedo dejar la cagá en pleno bautizo, y es que como se acordará en carne propia mi entrañable amigo, que es el mismo que edita esta columna antes de subirla a la radio, soy como tonto para embarrar celebraciones ajenas.
Cuento corto, cuando llegó mi turno para confesar mi situación, y a pesar que apenas me contenía de decirle al cura que no creía en sus ritos y menos en sus mensajes, sólo me remití a mirarlo, elevar mis manitas a la manera de perdón y responderle, con ese tono de ocasión, que no estaba casado, que no tenía hijos y que era un pecador de aquellos. Es decir que estaba en el infierno. Por las risas nerviosas de algunos de los presentes, me enteré luego que no era el único en esa situación, aunque al parecer sí era el único que la consideraba así y además, también el mantenerla. En fin…
Pero el destino premió mi restricción anterior, porque cuando me despedía del cura, éste me preguntó discretamente:
Y, joven, ¿usted está bautizado?
Sí, padre. Tal y como la Iglesia manda – respondí-
Aah, qué bien- me dijo él-, muy feliz.
Y le aclaré: O sea que me bautizaron cuando no podía discernir.
Hasta más vernos.












