Columna de Alejandro Emmer
No es equivocado afirmar que hoy la gente sabe menos a pesar de estar más informada. Este “estar más informada” y conocer menos es naturalmente un contrasentido para muchos, pues el hecho supondría lo opuesto. Pero información no equivale a conocimiento, pues el segundo supone la capacidad de entender y reflexionar, mientras el primero, a un conjunto de datos organizados y que tienen algún sentido; y el cómo y porqué se organizan ciertos datos es lo que cuestionamos en esta columna. En efecto, hoy, el mismo que lee estas líneas, está conectado al mismo tiempo a un sinfín de otros medios llenos de datos e informaciones que, sabemos, están del todo adaptadas para los fines que persiguen: la renuncia del conocimiento en pos de la información. Pero, ¿para qué?
Tal como confesó alguna vez un famoso periodista de un importante medio: “cualquiera que trabaje en medios de comunicación sabe del trabajo de adulteración en relación a ciertas noticias: se busca evitar que entreguen conocimiento real mediante la manipulación y multiplican de las versiones. Se adhieren datos extravagantes, las adornan con excesos verbales, y todo ello con gran velocidad”. O sea que en los tiempos de hoy, donde todos chillan a los cuatro vientos que como nunca estamos en “conocimiento” de lo que pasa en el mundo, no es más que una enorme mentira. La gente sabe meridianamente dónde está Irak, qué pasa y cómo van las cosas allá, pero en su mayoría es incapaz de emitir un juicio sobre el asunto porque no posee mayores conocimientos de Irak, su historia política reciente, lo nexos de Hussein con EEUU antes de la guerra e invasión posterior. Menos que el tipo de petróleo que produce Irak (para autos) encontraba a su mayor comparador justamente en los gringos, etc. Ese es justamente el desastre de la información que se entrega: es una especie de cáncer que anula casi cualquier posibilidad de interés en un conocimiento real, acabado. Así, la gente está a medio alimentar todo el tiempo, y porque además no sabe que no sabe.
Es lo mismo que pasa cuando uno tiene hambre y para calmarlo come papas fritas y se toma una coca. El consumo de lo anterior calma la sensación de hambre, pero no nutre, no alimenta. Pasa lo mismo con los mensajes que recibimos a diario por los medios audiovisuales; por la misma red o del gobierno. Existe una suerte de “conocimiento chatarra” que en nada nutre intelectualmente a las personas. Por el contrario, al igual que su símil de la comida chatarra, sólo provoca una falsa sensación de saciedad, pero a la larga, una adicción que termina en obesidad de información que nada aporta y mucho afecta a la salud intelectual al volverla menos ágil, menos despierta y menos sana, que es la base del interés por el conocimiento y la reflexión
Por lo mismo, dudo mucho de quienes “nos mantienen al día con lo que pasa en el mundo”. Y lo hago porque habitualmente nadie cuestiona la manipulación de las noticias en los países sometidos a tiranías, pero pocos los hacen en los que supuestamente son libres. Existe una suerte de crédito infinito con la idea democracia, pero el ser “libres y demócratas” no nos salva de estar convenientemente informados. Y por “ convenientemente informados” me refiero a que estamos sometidos a una sofisticada forma de censura y que no es otra que la desinformación del exceso, del caos; la que anula los sentidos embotándolos para la reflexión y que nos hace creer que lo que nos muestran es todo, y peor, que es LA verdad.
Esa es la causa por la que esas mentes obesas de información incompleta, empachadas de datos chatarra apenas si reaccionen y conmuevan frente a las noticias más terribles, más dramáticas. Es la conveniente insensibilidad e indiferencia de los satisfechos, manipulada en todos lados desde arriba, y que es tan funcional a esos intereses de las alturas.
Hasta más vernos












