Columna de Alejandro Emmer.
Situaciones que nos delatan como colectivo, que desnudan parte de nuestra sicología criolla, ocurren a diario. Cuando se comentan y encuentra uno que no es el único que ha vivido una situación similar, sino muchos, muchísimos más han pasado por lo mismo con años y a veces décadas de diferencia sin que nada cambie, entonces estamos ante una tendencia; una suerte de mentalidad criolla. Lo que referiré a continuación pasó un día de esta semana. Hay en la anécdota un intento por reflejar fielmente lo que ocurrió y algunas impresiones mías al respecto:
A eso de las 11: 15 hrs. me encontraba en una sucursal de un banco X, en Providencia en el sector de servicio al cliente, sentado, con mi número de atención en la mano y con especial concentración en el contador electrónico para tomar mi turno apenas este llegara al número 24, que era el mío. El contador marcaba el número 13 cuando se desencadenó un acto que derivó en otros posteriores que son interesantes espejos de nuestra psiquis inmutable a través de los años.
Una mujer, de unos cincuenta y tantos, alta, flaca, bien vestida, de clase media y fea, sin esperar que su turno le llegara, se aproximó rauda al mesón de atención para realizar una consulta. Ella, hábil, utilizó un tono de voz tal, que con él logró dar a entender rapidez en su consulta y brevedad en su resolución. El empleado al que se dirigió esta mujer y que atendió su consulta en el mesón, podríamos calificarlo como de edad y clase media, de un fenotipo más bien anglo francés, de correctos modales y dicción. Lo conozco. Siempre que voy al banco me llama la atención su comportamiento, por lo que no pierdo oportunidad para estudiarlo. El tipo presenta un aspecto y educación propios de las familias de clase media de antigua raigambre. Una cierta seguridad de origen visceral, un actuar y cierta clase así lo avalan. Sin embargo, el puesto que ocupa es irremediablemente secundario, gris; sin embargo, siempre he notado en él una suerte de anhelo por ser considerado más allá de su puesto. Se basa mi impresión en el excesivo celo con que se desenvuelve con todo aquel que podríamos considerar y él también, un par suyo. Pero sus atenciones y consideraciones no están guiadas por la educación, ni por una pasión verdadera por hacer bien un trabajo, que obviamente detesta por sus gestos siempre tristes o molestos cuando está solo. No. Lo suyo son actitudes para con quienes él percibe como iguales y que van más allá de sus formas, porque en el fondo son gritos que buscan el auxilio y reconocimiento de su vida y de su clase. Lo suyo, aunque muy disimuladamente, es una suerte de manotazo desesperado de quien se hunde cada día más en la vergüenza, en el deshonor y exilio vital de quien no lo logró; al fin, de lo que percibe como un fracaso existencial que quizá sea real y se represente de manera implícita al llegar a la casa de su madre, donde debe vivir; y escucharla hablar con orgullo de sus “otros” hijos, los otros exitosos hijos. El es el hijo buena gente pero limitado, al que no le dio el seso para ser profesional, como su hermano menor, ni asegurar el futuro casándose con un buen partido, como su hermana, tan limitada como él, pero bien casada y mantenida. No. El fracasó y lo sabe. Entonces trata de resarcirse comportándose como un igual frente a los que percibe importantes. El es digno de eso: es un par, “uno de ellos”. Es entendible, porque aunque se encuentre más dignidad en la derrota que en el triunfo, nadie camina de la mano con ella.
El conflicto de la situación se centra entonces en las carencias, como casi todos los actos humanos. La necesidad de respeto propio de uno, sumado a la total falta de respeto de la otra por el resto, pasó a llevar el orden y a las demás personas que esperaban, pacientes, su turno. El tema es que los observé. Era interesante ver la reacción de quienes habían sido pisoteados, la mayoría gente más bien de clase media baja y que esperaban ahora su turno tras la mujer, con su número en mano, al tiempo que miraban al tipo del mesón, que ni los infló: estaba ocupado de complacer a la mujer, su par. Me interesaba, además, comprobar si lo de esa mujer era sólo una consulta, o como pensaba por su tono y por experiencia, el clásico “una pregunta cortita” que termina en un trámite entero por el que no hizo fila y peor, hizo al resto esperar.
El asunto es que era como yo sospechaba: La clásica metida de punta con penetración total que muchas personas practican y logran gracias al miedo y silencio de muchos. Comencé a preguntarme si debía o no intervenir, o si era tarea del que se había visto afectado directamente por la falta de respeto y escrúpulos de ella y los complejos del otro.
La respuesta vino rápido y a modo de comentario: el tipo que estaba sentado a mi lado era el que seguía antes que la mujer lo pasara a llevar. Era el primer afectado por la acción de la mujer. Desesperanzado y como buscando empatía o solidaridad o ambas, se inclinó hacia mí y me comentó lo que había sucedido. Le respondí que me había dado cuenta, pero que a diferencia de lo que hacía antes, ahora había decidido pelear por lo mío y dejar que cada uno lo hiciera por lo suyo. Que no era papá ni paco de nadie. Que me había aburrido de pelear por otros y terminar peor que los que se callaban. El tipo guardó silencio. Nada dijo. Su aspecto revelaba sumisión, mucha rabia oculta y un tremendo miedo a decir lo que sentía. A la vez, revelaba una vida dura, con carencias y muchos esfuerzos sin compensar; con muchos abusos como éste que quizá logró enfrentar y enmendar alguna vez comentándole a otro para que peleara por él. Es decir, como muchos chilenos, el hombre le tiene pánico al conflicto porque aquí siempre se reprimió el alegato y se privó de la educación para gestionarlo.
Seguramente un país tan castrador como el nuestro, donde el que reclama es visto como conflictivo y tratado como tal por el pánico que esa situación genera en otros, ha mellado en extremo nuestras voluntades y derechos, pensé en ese momento. Y así fue, nomás. La tipa terminó su trámite y él, el hombre que nuevamente fue pasado a llevar, nada dijo. Sólo atinó a mirar el suelo y mover la cabeza. Al ver eso, sentí una tremenda pena… Ya rabia, porque olí su impotencia, su “otra vez me pasaron por el hoyo”, su “otra vez no me atreví”. Así es que sin pensarlo, y a pesar de mi mismo, fui paco y papá nuevamente (me molesta serlo de otros cuando casi nunca lo soy conmigo) y confronté a la mujer, apuntándola con mi dedo índice e invitándola a nunca más a faltarle el respeto a nadie haciendo lo que hizo. La vieja casi se infartó. Yo no lo esperaba; me había preparado para lo peor, pues las manipuladoras tienden a victimizarse en estas circunstancias. Pero no. Sólo atinó a echar su cabeza hacia atrás, intentar balbucear una respuesta que nunca llegó.
Acto seguido me senté nuevamente. Estaba feliz y desahogado. La vieja seguía al lado, en un mesón, llenando un formulario, tiritando. Para mi sorpresa, el abusado como que se anduvo incomodando con mi actitud. Es claro. El tipo a pesar de haber vivido su vida entre abusos derivados de su condición, este conflicto le repercutía de alguna manera a él, que aunque está habituado a ellos, todavía no sabe cómo enfrentarlos porque tampoco se ha atrevido nunca a hacerlo. Y a pesar que su alma llena de electricidad, llena de rabia, esté siempre apunto de estallar, el silencio siempre se apodera de él.
Su catarsis, su tempestad eléctrica se desatará este fin de semana, cuando le adelanten la quincena y se la gaste en algún café con piernas céntrico o algún boliche toplero con olor a copete rancio; entre putas, maricones y lanzas. Pero no alcanzará con eso, porque el lunes volverá a encontrarse con una nueva “señora” que represente a sus ojos un jefe, un superior, una vida siempre en subida que le ganará y humillará, al igual que el macabro empleaducho que le rinde pleitesía a los que ve como iguales para olvidarse algún rato de su fracaso existencial que día a día recuerda en ese mesón, y que cada fin de año se presenta como olvido por parte de sus hermanos exitosos que jamás lo invitaron a sus casas, sus hermosas y cómodas casas en los barrios en los que él debió estar, en los que él debió ser y para los que nació, pero a los que no llegará jamás.
Hasta más vernos












