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Por admin in Columnas, Re-flexiones

Columna de Alejandro Emmer

El mundo conmemora los veinte años de la caída de El Muro de Berlín, todo un símbolo de la idiotez y crueldad humana. Su derrumbe fue mucho más que la re-unión entre alemanes: fue el tiro de gracia de los yanquis a los rusos en su guerra ideológica, militar, tecnológica, social y económica. Habían ganado los gringos, lo que equivalía a algo superior a ser los mejores y más fuertes: equivalía a tener la razón.

Pero como decía, también fue la reunificación entre alemanes, que es como el mundo lo ve. Y es que aunque los germanos de la antigua Alemania Federal, la occidental, la moderna, la purificada y culposa de sus males nazistas y ahora abierta a todo el mundo querían ver a sus hermanos orientales junto a ellos, y a pesar que aún hoy siguen mayoritariamente pensando así, la experiencia común les hizo ver que les habría encantado que sus coterráneos del otro lado del muro no fueran tan estatistas, retrasados y sí mucho más proactivos y modernos. Es decir, menos rusos y más alemanes.

Por su parte, los otros alemanes, los que vivieron bajo la opresión, tiranía y crueldad de Hoenecker y su mujer, ambos esbirros de los soviéticos ( y también ambos acogidos en Chile por nuestras autoridades tras la caída del muro bajo la terrible y estúpida excusa de que ellos a su vez habían acogido en el pasado a otros chilenos exiliados por pinocho – entre ellos, a nuestra bien amada presidenta Michelle Bachelet, que hasta estudió medicina allá – cuando eran los mandamases de Alemania Oriental y también mucho peores que nuestro tirano criollo, pero al fin y al cabo de la misma ideología de nuestros exiliados y actuales gobernantes, lo que equivale a validación y olvido de sus crímenes por parte de ellos) también fueron felices con la caída.

Todo el primer instante lleno de emociones por derrumbar lo que los separaba y desangraba, el reencuentro de familias, amigos, ex amantes; en fin, de compatriotas, se vio luego enturbiado por una realidad que decía en letras grandes y luminosas que la mayoría de los alemanes orientales no tenían nada que ver con los alemanes occidentales o federales o modernos o capitalistas, y eso les genera hasta hoy problemas y conflictos. En efecto, los connacionales del lado soviético eran más rusos que alemanes en la práctica, aun sintiéndose tan alemanes como los otros. Y ese antiguo “sentir soviético” en los alemanes orientales más viejos, que hoy equivale para ellos a una seudo seguridad en un mundo lleno de inseguridades, lo perciben con la misma nostalgia y mínima objetividad que esos amores cuya una virtud radica en el olvido de su monstruosidad.

Pero ese muro fue apenas el signo más burdo del conflicto ideológico entre yanquis y rusos, porque después de muchos años nos damos cuenta que otro muro se ha levantado en la mayoría de los países del mundo donde ganó el capitalismo, o la “libertad” como les encanta decir a los norteamericanos. Es uno gigante y casi inexpugnable, cuyos ladrillos son la exclusión, y sus guardias, los ancestrales amos y señores de cada una de las subdesarrolladas sociedades desde antes que el capitalismo y sus frutos se instalaran en ellas, y del que solamente esos pocos amos y vigilantes son los beneficiados porque contaron con los recursos materiales, intelectuales y educaciones para incorporarlo para sí… Y sólo para sí. El resto de la población de cada uno de esos países donde se instauró el capitalismo, lo que en Latinoamérica equivale a las mayorías indígena, mestiza y pobre, vive aislada en términos de oportunidades reales. Sólo saben de la triste ilusión de la democracia, que sirve para tranquilizarlos con el supuesto poder que poseen para elegir a quienes los gobernarán y que al final no son otros que los mismos guardianes del muro, pues son ellos los amos de la política, además.

Chile es, de hecho, un enorme muro, y sus ladrillos, alambres de púas y puertas son la pésima educación, la dramática e injustísima redistribución del ingreso y la concentración del capital en unos pocos tipos, muchos de ellos fieles de alguna “obra”, fundada por cierto neo santo españolito que, a su vez fue como lo es su obra, muy amante del poder capitalista y sus privilegios. De hecho, fomenta todo eso.

Pero lo más dramáticamente curioso es nuestra élite gobernante, algunos de cuyos miembros, como nuestra presidenta, fueron formados en la izquierda, tras el muro y países satélites; sufrieron y odiaron a la derecha con sus amos y guardias, pero hoy son sus guardianes más fieros. Y lo son por la misma razón que mueve a casi todos los políticos del mundo: El poder. Por eso amparan este país injusto y excluyente, con cada vez menos movilidad social e igualdad de oportunidades. Por eso es que tampoco nada cambiará demasiado en los próximos cincuenta años.

No hay que extrañarse entonces por la inseguridad de la que se quejan todos, o por las pildoritas del día después que son negadas una y otra vez por ese cierto sector amante del neo santo capitalista españolito y que afecta principalmente a los más pobres, pues el modelo que tantos aman y del que muy pocos se benefician de verdad, requiere que esos pobres y marginados sigan naciendo en masa para asegurar su funcionamiento: Son su mano de obra. De otra forma no funciona. Y todos lo sabemos.

Muros, fronteras, ideologías y nacionalismos, todas manifestaciones del miedo del ser humano, que desde siempre ha erigido barreras físicas y mentales para protegerse de él. Es la eterna búsqueda de seguridad del hombre, que a través de su evolución más sofisticada toma la forma de cultura política, tal como aquella que levantó ese muro que es todo un ejemplo de crueldad y estupidez. Pero, y a pesar de lo anterior, ahora- oh paradoja – somos testigos de cómo otro muro aun más grande se ha erguido por parte de los vencedores. Otro tan excluyente y letal como el anterior, pero casi invisible, siendo justamente esa su principal cualidad y en la que radica su fortaleza, pues como dijo el aquel personaje mítico: “lo esencial es invisible a los ojos”.

Hasta más vernos

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