Columna de Alejandro Emmer
Este fin de semana leo en La Tercera un artículo que hablaba sobre los resultados – en relación a Chile – del Indice de Prosperidad de las naciones, que pretende medir la calidad de vida en 104 países, y que cada año realiza el Instituto Legtum. Uno de los aspectos en la evaluación es el capital social, que es un conjunto de características que hacen que una sociedad sea más o menos cohesionada y con las implicancias que ello tiene en el desarrollo de los países (ya hablé de eso aquí mismo hace algunas semanas). Los resultados que arrojó el estudio respecto de nosotros no son especialmente distintos de los que el avisado lector puede intuir. Es decir que en Chile campean la desconfianza, la falta de participación y sentido de pertenencia. Pero lo más grave: somos los últimos pelotudos entre 104 países en valorar las amistades. Mientras el 35% de los estratos más altos considera a los amigos como “muy importantes”, la cifra disminuye al 13% en los estratos más bajos. Ufff…
Bueno, como el asunto requería entendimiento y respuestas, obviamente aparecen algunos sociólogos y sicólogos sociales iluminando la oscuridad con sentencias tipo: “en Chile existe una individualismo que se origina en el supuesto de que cada uno debe valerse por sí mismo. Una fantasía narcisista de autosuficiencia”, o “la familia es el refugio de los chilenos, pues sienten que son los únicos en que pueden confiar”. En concreto, no se ha explicado desde donde se origina esta “fantasía narcisista de autosuficiencia”, o el elegir a parientes en vez de amigos, la desconfianza, la falta de participación y la escasa valoración de las amistades. Sólo se contentan con decir que es desde hace tres décadas. Pero, ¿por qué? Bueno, yo creo que es más de lo de siempre: el huachismo criollo. Sí, ese abandono ancestral y transversal en la sociedad chilena, que ha creado una sociedad de seres endógenos, timoratos y cínicos; a veces heroicos, pero la mayor parte de tiempo intrascendentes, tontones y acomplejados; sin sentido de pertenencia ni menos trascendencia. Este huachismo y huachos que se inaugura desde las luchas entre españoles y mapuches y donde se funda la institución del huacho, del desamparado, quedando entonces el niño al cuidado de una madre porque la figura paterna está muerta, o lisa y llanamente, desaparecido del medio, tal como se estila desde esas épocas hasta nuestros días en hombres que abandonan a mujer e hijos, como en este Estado chileno que el 95% del tiempo aparece como figura, pero no como presencia. Es tan fuerte el abandono o la ausencia de figura paterna, de estructura y protección, que hasta nuestro supuesto prócer nacional, O’Higgins, fue un huacho.
Sigamos por esta vía del huacho, del abandonado, porque si los chilenos tenemos todos, en menor o mayor grado, esas carencias ¿no será porque quizá también nos sentimos abandonados por los gobiernos? Si hay algo que uno aprende rápido en Chile es que los gobiernos son de palo. Y lo son porque aparte de estar constituidos por personas con la misma siquis y defectos del pueblo, y no por lo mejores, como debería ser (salvo excepciones en los gobiernos compuestos por las élites de siempre, muy alejadas del sentir y representación del colectivo) también esa misma siquis ha creado seres que con un poco de autoridad se transforman en monstruos. Han visto y comprobado los sabrosos beneficios de ejercer la autoridad desde la vereda del poder y la represión – que ahora hacen llamar fiscalización – y muy pocas veces desde la de la ayuda y el apoyo, porque siempre es más fácil para los mediocres golpear que construir, castrar que educar, parasitar que aportar. Sobre todo ello se ha construido y crecido en Chile: sobre el abuso. Los últimos 30 años no son la excepción, son la regla.
Todo esto, me parece, ha ayudado a acentuar nuestros propios defectos, por lo que la “fantasía narcisista” o el confiar más en la familia, en lo endógeno, lo inmediato por sobre lo mediato, lo cercano, pero que está “afuera” y por ende, “peligroso”, no es más que una triste constatación que si no te mueves por tu cuenta, olvídate que alguien más te va a ayudar; menos el Estado. Porque la educación pública es basura. La salud algo ha mejorado, pero es insuficiente. La calidad de vida es una ilusión: tres cuartas partes la sostienen en base a deuda. Los echan de los trabajos, y chao. Las depresiones han aumentado lo mismo que el consumo de ansiolíticos, alcohol, drogas, etc. por las constantes sobrexigencias y escasas recompensas.
Las inmobiliarias hacen mierda barrio tras barrio en complicidad con municipios y Estado, y con ello los espacios de reunión y calidad de vida de sus vecinos. La distribución del ingreso es dramática y sigue prácticamente igual tras casi 20 años de Concertación. Lejos de funcionar como comunidad, como tribu, funcionamos como lobos esteparios. Pero lo trágico es que para todos los efectos, el Estado chileno aparece con grandes cifras macro a nivel internacional, solazándose de la admiración de los vecinos bananeros por lo que hemos logrado ”todos los chilenos”, mientras por dentro estamos cada día más abandonados por él a nuestros empeños y peor, a nuestros empresarios criollos, que son de lo peor del continente en términos humanos.
Hemos llegado al sumun de lo patético. Entre esta historia nuestra cargada de ausencias, abusos, pobreza material y humana, sumarle ahora este seudo progreso de los últimos 30 años y tenemos una siquis absolutamente devastada. No estábamos preparados para esto. La emocionalidad del chileno medio es precaria, como su expresión verbal, por lo que las presiones a las que se visto sometido los últimos decenios, como también la baja recompensa por ellas, han acentuado estas carencias. Sería bueno empezar a entender las causas de nuestros defectos en función de la historia y la responsabilidad compartida de la sociedad con el Estado y empresarios abusadores, y no sólo apuntar y juzgar al abandonado, abusado y asustado chileno medio.
Hasta más vernos.












