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Por admin in Columnas, Re-flexiones

Columa de Alejandro Emer

El “lashon ha ra” es lo que los judíos llaman y entienden como el asesinato de palabra. Según ellos, el hablar mal de alguien mediante críticas mal intencionadas, mentiras, maledicencias, afirmaciones falsas o inventadas, es la forma más práctica de asesinar espiritualmente a una persona. En nuestro medio, el pelambre, la injuria, la calumnia, el comentario venenoso generado por la envidia, la cobardía y el ocio, se ha vuelto una costumbre

que emigró del anónimo cotidiano a lo público: la farándula. Lo que era un defecto muy de puertas adentro del chileno pasó a ser ahora parte del expuesto show business criollo. Y obvio, da buenos resultados.

Un mea culpa individual y colectivo nos sitúa a todos como fieles observantes del pelambre. En un país de sedentarios consumados, el pelambre es el deporte popular. Tenemos una de las lenguas más musculosas de Latinoamérica. Todos lo hacemos o hemos hecho alguna vez. Lo dramático es que hoy por hoy, es difícil que el pelambre sea visto como lo que es, un defecto, cuando vemos que desde los medios audiovisuales su práctica, como todo lo que sea exacerbar el morbo, es su corazón y sangre. Ya es una institución; algo normal. Validada y ejercida por la mayoría. Pero aún así es una soberana mierda, porque el pelambre no es más que aburrimiento, estupidez y cobardía, aunque muchos se sientan ofendidos. Sí, eso es. Porque es muy distinto pensar ciertas actitudes de otros y ejercer una crítica desde la visión contraria, y además atreverse a decírsela a la otra parte en su cara cuando se tiene la ocasión (y que poco y nada se hace), que el simplemente asomar la cabeza para escupir veneno porque estamos sobre seguro, amén de aburridos. Y es que el ejercer la crítica frontal requiere de una inteligencia y una valentía que el pelador desconoce.

El problema surge cuando ese pelambre es algo más que el típico comentario intrascendente, y por el contrario, es uno que busca causar daño. Cuando en él hay dolo. Es decir, con la intención manifiesta y predeterminada de causar daño. Lo vivimos a diario, pero es tan de “nosotros” ya, que no lo vemos, o si lo vemos, no nos importa. Aparte, un juego macabro surgió de eso y lo valida, descentrándonos así de su nefasta injerencia y esencia: es una forma de los personajillos públicos de mantenerse vigentes, lo que viene de los agentes de estrellas hollywoodenses que, cada cierto tiempo, echaban a correr un rumor equis para levantar las cada vez más lacias carreras artísticas de sus representados. Cual más, cual menos, hemos visto cómo matan, resucitan, enferman, sanan, casan, divorcian; vuelven padres, gays, heteros, asesinos, psicópatas, ladrones, etc. a medio mundo, y lo percibimos como algo divertido o intrascendente. Estamos acostumbrados.

El tema es que muchas veces la gente siente que la TV valida sus actitudes. Así como cuando uno era chico y ver fumar en las películas era sinónimo de validación, así también la gente cada vez más se cree lo que escuchó en la tele, en el trabajo, la junta con amigos, etc.; o los sigue y repite, sobre personas a las que muchas veces ni siquiera conoce y menos, mucho menos, si es o no real lo que se dice. O en la política, caldo de cultivo para el pelambre desleal, han dañado la carrera a más de uno por cobrarse un tercero distante y anónimo alguna deuda; o saldar envidias, complejos de inferioridad, etc. Entonces la honestidad cierra un ojo y la deslealtad abre el otro.

Es complejo hacerse cómplice de pelambres hacia terceros. Porque muchas veces afectan, cuando no, arruinan vidas. Y aunque luego esas personas se enteren y rectifiquen, el lugar que ocupa la insidia es difícil de vulnerar. En la Alemania nazi, donde se desató la locura antijudía, gitana y comunista, las afirmaciones falsas cobraron millones de vidas. O en la paranoia macartista de los años cincuenta en EEUU, el país de la “democracia y libertad”, las acusaciones infundadas de ser “comunistas” arruinaron la vida de miles producto de la mediocridad y miseria de un senador (Mc Carthy) y la feroz guerra ideológica que sostenían los yankees contra los rusos. O aquí mismo, durante la época de la dictadura, donde los sapos mala leche acusaron y perjudicaron a muchos inocentes con sus difamaciones, el pelambre no sólo arruinó vidas. Muchas veces terminó con ellas. Para todos aquellos que les asesinaron su reputación a través de la historia, debieron seguir viviendo sin poder hacerlo; era vivir sin estar vivos.

Hasta más vernos.

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Un Comentario

  1. no tengo idea



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