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El Reconocimiento

12 Febrero 2010
Por admin in Columnas, General, Re-flexiones

Columna de Alejandro Emmer

El reconocimiento es uno de los factores que hacen grata la vida y labor de las personas. En Chile pecamos de reservados o envidiosos y rara vez somos capaces de reconocer, de premiar el quehacer de otro con palabras u otro tipo de estímulos. Por el contrario, lo que impera en nosotros es la palabra insidiosa, la mala leche, la crítica subterránea y a espaldas del otro; en resumen, la descalificación constante hacia todo y todos.

Una pulsión que acompaña a demasiados, los lleva a sobreponer siempre un comentario negativo a otro positivo. Parece que nos doliera que alguien sea mejor que nosotros en algo, o que se le haya dado a ese otro un espacio donde pueda desarrollar sus talentos, porque siempre subyace a eso el cuestionamiento nacido de la duda, el comentario malicioso que sentencia que ese otro está ahí por pitutos y no por méritos. Al final, es la rabia de quien critica por no estar él en ese lugar, porque, obviamente, quien critica siempre es mejor o lo haría mucho mejor que el criticado, apitutado o como lo llamen, si estuviera en su lugar.

Partamos por lo esencial, vamos a las bases. No está mal el criticar, es un sano ejercicio que nace, supuestamente, de una mente alerta, avisada; un indicio de que estamos despiertos y atentos a lo que sucede y nos sucede con lo que pasa, pero esto se transforma en defecto cuando la crítica es lo único que nace de ese estar alerta. He ahí un tema grave en nuestra sociedad. Pueden haber mil explicaciones: que el resentimiento o “chaqueteo” como se le conoce habitualmente – y es con el que muchos se llenan la boca y lo usan, era que no, como crítica a la sociedad -, no es más que la muy sudamericana desconfianza nacida de la postergación y la envidia ancestrales enfocada hacia aquel que tenga más o que haya logrado más. Eso puede ser cierto, pero no es lo único ni tampoco la justifica en el grado que la practicamos a diario. Al revés, no es más que una excusa que agrava la falta.

Es claro, además, que la envidia es condición humana. Es uno de nuestros muchos defectos, y todos la hemos sentido, pero el tema con ella, como con cualquier defecto, es cuando se institucionaliza, es decir, cuando es aceptada socialmente y demasiados, como nosotros, la vivimos día a día como muestra y resultado de nuestro fracaso como personas y como sociedad. Y cuando digo fracaso como personas y como sociedad, me refiero a que la mala crítica, la venenosa, ya se validó, por lo que ya perdió su carácter negativo, así que ya no es percibida como tal y, por el contrario, es practicada como si fuera una parte notable de nuestra idiosincrasia.

Las causas que nombré antes puede que expliquen en parte el origen de nuestro defecto. No pretendo abarcar ni entender la totalidad. Sin embargo, un comentario que me hizo alguna vez sobre el tema de hoy, una persona que ha vivido décadas en Europa, me quedó dando vueltas. Me dijo, a propósito del tema y de mi frustración frente a una situación laboral que para mi era injusta e inexplicable. Dijo: “cómo esperas que tu jefe reconozca tus méritos, si lo más probable es que a él jamás lo hayan reconocido en su casa”. Quizá ese sea el origen esencial de nuestra carencia. Pero la conciencia de ello, única virtud posible en este caso, brilla por su ausencia. Esto ya es como una enorme bola de nieve que se echó a correr cerro abajo hace demasiado tiempo y de la que pocos se han salvado, y muchos menos, hecho algo por pararla. Y así estamos.

Hasta más vernos.

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