Mientras más escucho a la gente, más me convenzo que demasiadas voces son las que hablan por ellas. Es tal la cantidad de dimes y diretes, que si uno logra aislar un comentario del sonido ambiente que generan las otras opiniones, se encuentra con que quien emitió tal o cual comentario, lo escuchó antes de otra persona que, a su vez, lo había leído o escuchado de parte de cualquiera de nuestros brillantes periodistas. Y tenemos cada genio en el periodismo…
Todo evento público o privado tiene esta dinámica del repetir ideas y opiniones ajenas sin parar. Desde el que ahora ocupa la mayoría de las conversaciones; es decir, nuestro nuevo presidente y las muchísimas dudas que despierta él como persona y futuro mandatario, pasando por el drama internacional como el terremoto que derrumbó a Haití, hasta algún comentario futbolero derivado de los resultados de la selección o algún equipo. En todos ellos la repetición de ideas, juicios y prejuicios de terceros es la regla y no la excepción. Todos lo hemos hecho alguna vez.
Por lo mismo, porque me doy cuenta de ello, es que cada vez más estoy hambriento de alguna novedad, de alguna idea en mi y otros, que me despierte del largo sueño que se emprende con los repetidores de noticias y comentarios de terceros, y que la gente divulga sin cuestionárselo en las reuniones, conversas de café, en la pega, metro, micro, etc. Así, anda uno de conversa en conversa, de lugar en lugar mendigando alguna idea original, una frase iluminadora, un dato que no sabíamos y que cambia el escenario, sea este cual sea; algún pronóstico basado en estudios serios y no especulaciones de especuladores de medio pelo; una talla original…pero nop: hasta las tallas son repetidas. Al final es siempre lo mismo: el comentario de oídas, repetido mil veces antes y mil más después.
Lo anterior no es un fenómeno que sea aislado o que, como muchos creen, a ellos no les ocurre porque resulta que son top, que siempre comentan según sus conocimientos e ideas propias, y no según la demasiada información que leen en los medios y que, inocentes ellos, confunden con conocimiento. Entonces he ahí el meollo, lo esencial, el ADN del asunto: la desinformación de la información, o, más bien, del exceso de ella, y que es mediante la cual la mayoría de las personas toma sus decisiones…y es manipulada.
Lo he dicho muchas veces y lo sostengo: desde la educación hasta los medios audiovisuales, las autoridades buscan masificar conciencias, empobrecerlas para así poder dominarlas. Y olvídense que esto es alguna forma de paranoia mía, no; esto es una realidad. La gente cada vez está más idiotizada y descentrada por la “educación” que reciben y la sobre información con que es bombardeada desde los medios audiovisuales. Esto no es que sea así y veamos puros realities, teleseries malas, farándula y noticias que lo único que buscan es desinformar y exaltar el morbo por pura y exclusiva casualidad. Nones. Esto es así porque lo que se ve y transmite a través de los medios rinde retornos financieros y políticos importantes. Lo facilita una masa embrutecida que es incapaz de interesarse en algo más que no sea lo anterior, y, peor, incapaces de cuestionarlo porque, claro, no se dan cuenta. Están dormidos, disminuidos, manejados. El razonamiento es lo último que se enseña hoy por hoy. Es peligroso.
Para los pocos que perciben esta idiotización masiva, pero que hacen poco y nada por revertirlo, y que por el contrario, forman felices parte del ganado audiovisual, su excusa para ser un fiel ciudadano-televidente embotado, es que lo hacen para borrarse, para descansar. A pocos se les ocurre hacer deporte, leer, o conversar con la familia, amigos, etc. No, la mayoría llega del encierro de sus trabajos a encerrarse intelectualmente en una caja que los aísla de sí mismos aún más…y es que no saben qué mierda hacer con ellos mismos y sus angustias cuando están solos, sin tele, radio, Internet, diarios radios. Es decir, cuando no hay nada que los distraiga y deben enfrentarse a sus miedos y penas. Es un drama; es la soledad del hombre actual.
Por algo tenemos un país “tevito”; por algo somos sedentarios, tenemos altísimos niveles de ansiedad, depresión y, como guinda de la torta, un analfabetismo funcional importante. Es decir, una enorme cantidad de giles que no entienden lo que leen, y que atraviesa y afecta a todas las clases sociales. Como para pensarlo, ¿ no?
Hasta más vernos














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